Arquimedes

Muchos de nuestros lectores recordarán (oh tiempos de bachiller en Salamanca…) aquella frase afortunada de el paso del mito al logos, expresión por cierto coincidente con el título de una obra de un señor alemán, erudito y decimonónico cuyo nombre parece más bien el de una marca de productos alimenticios (Nestlé).

Pero resulta que la ciencia (dejemos tranquila la filosofía, languideciendo en el desván y sobre el diván) no ha sustituido al mito tout court (oye, qué pedante), sino que poco a poco se ha convertido ella misma en una nueva mitología. Así de simples (y complicados) somos los hombres, que mitologizamos todo lo que es importante (la ciencia, sí, pero también la comida, el amor, el miedo…y el fútbol, por supuesto).

Claro que el caso de la ciencia…a lo largo de su historia, zigzagueante y nada lineal por cierto, ha demostrado ser terreno abonado para  recoger las semillas de los relatos sobre Zeus, Pandora o Prometeo. Y así, nos suministra toda una serie de historias que fulgen ejemplares y ejemplarizantes, rasgos formales de todo buen mito.

También de la historia heroica de la ciencia se han desgajado un número importante de cifras mágicas, que resuenan constantemente en nuestras cabezas como fórmulas esotéricas, y que en ocasiones van asociadas a las más divertidas anécdotas. Si el modernísimo verso de Einstein E=mc(al cuadrado) nos indica que la mejor poesía (la que es más aplaudida) no necesita ser entendida, el grito de Eureka! debe ser reconocido como el ilustre fundador de la manera pública de entender la ciencia.

¿Por qué decimos esto? Pues porque el grito resume la incomprensible simplicidad de los mitos de la ciencia, aparejada a esa noción de genio despreocupado que, intuida la solución del enigma, es capaz de saltar de la bañera y correr por las calles desnudo y poseído por el entusiasmo de la Idea.

Hablamos de Arquímedes. Este señor vivió en Siracusa en el siglo III a.C. Es decir, era un griego de la llamada Magna Grecia. Los griegos del sur de Italia estaban a punto de perder su independencia política. Roma se expandía como una ola histórica imparable. Siracusa fue el último reino de la región en sucumbir, se dice que gracias a los artilugios militares de avanzada tecnología inventados por el gran Arquímedes.

La anécdota del grito de Arquímedes se relaciona con el encargo del rey a un orfebre o artesano. El rey quería una corona nueva de oro (¿o era plata?). Para ello le dio una cantidad determinada de ese material al artesano en cuestión. Cuando la corona estuvo finalizada, el rey sagazmente receló: ¿y si aquel hijo de vecino se hubiese quedado con parte del oro, añadiendo elementos innobles e inapropiados para la majestad real.

Para cerciorarse consultó al hombre más sabio de Siracusa: Arquímedes. El viejo sabio, barbudo, despistado, paseaba por el empedrado siracusano pensando, pensando…Hasta que se cansó de tanto pensar y se fue a dar un baño. Y fue en la bañera cuando de repente apareció una bombilla en un bocadillo al lado de su cabeza: había entrevisto el principio de la hidrostática.

Abandonando la bañera con precipitación, salió puertas afueras de su casa, acaso sin darse cuenta de estar en cueros, gritando como un loco aquello de (lo) he encontrado, (lo) he encontrado… es decir, Eureka! Y curioso de la anécdota también resulta, por cierto, que utilizase el perfecto y no el tiempo pasado por antonomasia de la lengua griega, el aoristo. ¿No debería decirse “(lo) encontré”, y no “(lo) he encontrado”? Ah, misterios de la ciencia… y de la filología.

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