El Concilio Cadavérico

En el año 897 fue convocado un concilio en la basílica vaticana para juzgar al Papa Formoso, quien, en medio de disputas de poder, había apoyado a los candidatos alemanes a acceder al trono del Imperio Carolingio, pero como luego de duras luchas entre ambos bandos, habían llegado al gobierno los pretendientes opositores, éstos se tomaron venganza y enjuiciaron al pontífice. Quien ya para este entonces, cabe aclarar, llevaba un poco más de diez meses muerto.

La Historia recuerda este episodio como el “concilio cadavérico”. Por orden del Papa Esteban VI, opositor a la política de Formoso, se exhumó el cuerpo del viejo pontífice para llevarlo a juicio. Se lo revistió de los atributos papales, se lo sentó en el trono de la Basílica Constantiniana y se le acusó formalmente de ambición y perjurio.

El cadáver escuchó atentamente, sin mover una pestaña, las declaraciones de los testigos y las palabras de los acusadores, encabezadas por el Papa vivo, Esteban VI. Un diácono respondía en nombre del difunto, que sólo atinaba a continuar con su proceso de descomposición inundando el templo de olor a putrefacción que se mezclaba con los inciensos característicos de las iglesias.

El juicio terminó con la condena al muerto. Según las costumbres vaticanas de la época, Formoso fue despojado de sus vestiduras papales y se le amputaron los tres dedos de su mano derecha con la que se suelen dar las bendiciones. Luego su cadáver fue ocultado.

Hasta que un nuevo Papa, Teodoro II, perdonó a Formoso y le otorgó una sepultura acorde a su rango. Sin embargo, los rencores todavía estaban vivos para la muerte de Teodoro, y el nuevo Papa, revirtió el perdón y enjuicio nuevamente al cadáver de Formoso, quien fue hallado culpable otra vez y sentenciado a viajar por las aguas del río Tíber hasta el mar. Pero el cuerpo fue sujetado por las redes de un pescador quien finalmente escondió el cadáver durante un tiempo hasta devolverlo a la sede papal, algunos años después.

Por suerte para el muerto, las condiciones políticas estaban más calmas y no se lo sometió a ningún otro juicio. Entonces Formoso pudo, por fin, descansar en paz.

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