Las ordalias, demostrar la inocencia

La evolución de los juicios que hacen los hombres para determinar culpables e inocentes es tan antigua como el hombre mismo. Desde que el humano camina por esta tierra ha habido injurias, robos, traiciones, asesinatos, y un sinfín de hechos delictivos que promovían la necesidad de encontrar al culpable de estos actos. Tal vez en un principio, y si al culpable no se lo hallaba con las manos en la masa, la manera de encontrar al responsable se basaba en suposiciones, malas caras, o acusaciones de cualquiera aprobadas por el dueño del hacha justiciera.

Como forma de evolución, hace miles de años surgieron las ordalías, que representaban una especie de prueba que debía sortear el acusado para demostrar su inocencia. Estas pruebas suponían la intervención divina, como estamento superior al hombre, que determinaba el resultado. En el antiguo testamento, por ejemplo, se hablan de las “aguas amargas”. Este era una forma de juicio que comprobaba la inocencia o culpabilidad del acusado. Consistía en beber veneno que ofrecían los sacerdotes. Si el acusado sobrevivía, esto indicaba que Dios había salvado su vida, por lo tanto era inocente.

En la Europa medieval estos juicios de Dios tuvieron un aspecto diferente. Eran de varios tipos. Con frecuencia era utilizada la prueba del hierro caliente. Se calentaba al rojo vivo una barra de hierro, que el acusado debía sostener durante algunos segundos en sus manos. Si al cabo de la prueba, el reo no presentaba marcas en su piel, era considerado inocente por intervención divina. En cambio si sus manos mostraban las huellas de la quemazón, era declarado culpable y ahí no más se lo ajusticiaba con una buena hoguera. De esta práctica viene la frase “poner las manos en el fuego” usada en la actualidad.

Existían varios tipos de ordalías o juicios de Dios. Se lo podía obligar al acusado a caminar sobre brasas o barrotes de hierro caliente. O a introducir su mano en una olla de agua o de aceite hirviendo para recuperar un objeto depositado en su fondo. O también caminar entre hogueras. En todos los casos, si el reo no presentaba signos de tales pruebas, era declarado inocente.

Además de las ordalías de fuego, existían las del agua. Estas consistían en atar al acusado de pies y manos con una soga y tirarlo al río, al mar, o a un estanque. Si el reo flotaba era determinado culpable porque el agua rechazaba cobijar en su seno semejante alma impura. En cambio si el acusado era recibido por el agua en su interior, se lo declaraba inocente. Posiblemente se muriese ahogado, pero su alma descansaría para toda la eternidad en el reino del Señor.

No todos los juicios de Dios eran así de tortuosos. Algunos consistían en declamar una oración en el altar. En esos casos Dios impedía al acusado de terminar la frase, seguramente ofendido por la herejía del culpable, y se procedía en consecuencia. Otra prueba obligaba al acusado a comer un trozo de pan y de queso. Si era inocente disfrutaba del manjar, en cambio si era culpable, Dios mismo apretaba su cuello para impedirle la digestión, revelando su designio.

Las ordalías o juicios de Dios eran utilizadas generalmente para determinar casos de brujerías o todos aquellos casos que suponían la intervención del demonio en el alma del pobre condenado. Paulatinamente fue dejándose de usar, y se los reemplazó por métodos menos violentos y determinantes. La evolución de estas pruebas dio origen a los juicios modernos, en donde las barras de hierro fueron reemplazadas por abogados. Y esto se supone que representa una gran mejoría.

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1 comentario

  1. gabriela dice:

    BUENISIMO el material, me fue muy util
    GRACIAS
    GRACIAS
    GRACIAS
    Y MAS GRACIASS !!!!

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