Reacciones animales muy humanas

Humanos y Animales, grabado

Hoy volveremos a hablarle de las divertidas y curiosas coincidencias que se pueden encontrar entre el Reino Animal y la sociedad humana:

La divisa caballeresca: “mujeres y niños primero” no se practica sólo entre los seres humanos, sino también, y más rigurosamente aún, entre los perros. El más feroz de los canes, capaz de tener aterrorizados a todos sus prójimos de la vecindad perruna masculina, se guardará muy bien de tocar a una perra o a un cachorrillo. Si una perra solterona neurótica se atreve a hostigarle, el desconcierto del caballero será absoluto. Su orgullo le impedirá huir, más no se le ocurrirá siquiera entablar combate; y así se queda, dando pasos nerviosos de un lado a otro, aguantándole la tanda de ladridos con perpleja expresión en su canino semblante.

La magnanimidad con el vencido, otro rasgo de elevada conducta, alcanzado en ocasiones por el hombre civilizado, es “ley de la naturaleza” entre los lobos. Cuando hay una pelea entre dos lobos del Canadá, y uno de ellos queda vencido, se está rígidamente quieto, volviendo la cabeza, como si deliberadamente pusiera su garganta al colmillo. Es un además de rendición, una súplica de clemencia; y el vencedor se encuentra impedido de atacar. La víctima, mientras mantenga esa posición, está completamente a salvo. Ese mismo instinto de magnanimidad puede descubrirse en numerosas castas de perros.

El goce de disponer de propiedad es instinto extendido muy hasta abajo en la escala del reino animal. Es ese placer, frecuentemente, el que las aves expresan cuando cantan sobre la más alta ramita del olmo. Desde allí están gritando: “Este es mi fundo. ¡Prohibido el paso!”. Otros animales depositan una especie de husmo de propiedad alrededor de sus heredades. La mangosta tienen una glándula especial que exuda un tenue rocío usado a ese propósito; si uno limpia sus señales con un trapo húmedo, el animal volverá prontamente a ponerlas de nuevo.

Cuando en el Jardín Zoológico de Washington se intentó aparear a dos leopardos; se les mantuvo en jaulas contiguas, separadas por barras, hasta que los animales llegaron a sentirse locamente en celo. Sin embargo, cuando se dejó entrar a la hembra en la jaula del macho, el instinto de propiedad de este sobrepujó su lujuria. Empezó a rugir y dejó muerta a la hembra de un zarpazo. Así fue la Naturaleza, no el hombre, quien inventó la delicia de poseer un pequeño pedazo de este planeta donde acampamos.

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