El tonel de Diógenes

Diogenes y Alejandro

Este blog tiene un precedente histórico maravilloso en la figura de Diógenes Laercio. Diógenes Laercio fue un filósofo e historiador griego del siglo III de nuestra era. Escribió una obra monumental, Vidas…de los filósofos más ilustres, que para gozo de la posteridad se ha conservado en gran medida. Teniendo en cuenta lo exquisito, gracioso y fascinante que resulta la experiencia de su lectura, no es de extrañar.

Debemos a Diógenes Laercio, en realidad, la mayoría de informaciones relativas a los filósofos del pasado. Él había hecho un trabajo historiográfico completo, rastreando fuentes y recogiendo datos, máximas y anécdotas de todos los «archivos» de la época. El resultado final es un conjunto henchido y bizarro en el que se mezclan lo verosímil con lo inaudito, lo probable con lo asombroso.

Hay que reconocer que aquellos hombres griegos, algunos de los cuales (no se olvide) habían vivido más de ocho siglos después del propio Diógenes Laercio, tenían que ser personajes interesantes. Nada que ver, por cierto, con los insulsos profesores de filosofía actuales, encerrados en sus despachos universitarios o enfrascados en luchas nada alegres con el concepto.

De entre la caterva farandulera (¡pero qué egregia y noble farándula!), uno de los personajes que más ha trascendido incluso para el gran público de hoy es otro Diógenes: Diógenes de Sínope o sencillamente Diógenes el Cínico. He aquí una figura luminosa y polémica cuyo recuerdo no mueve a la melancolía.

Vivió en el IV a.C, siendo aproximadamente unos 15 años más joven que Platón y unos 25 más viejo que Aristóteles, las dos grandes referencias intelectuales de la época. Cuando llegó a Atenas se convirtió en discípulo de Antístenes, a su vez discípulo de Sócrates. Pero pronto Diógenes voló por cuenta propia, dejando a su paso un grueso y vigoroso anecdotario.

Así, llevando el cinismo (la «escuela» antigua, no se confunda con lo que hoy entendemos por actitud cínica) al límite, despreciando honores y cualquier atisbo de bienes materiales, sorprendió una tarde a un caracol con su casa a cuestas. A partir de entonces, tampoco él necesitaría una propiedad estable: sin mayor riqueza que un zurrón, un bastón y un cuenco (que luego abandonó cuando observó a un niño bebiendo de una fuente con las manos) hizo de un tonel su propia casa.

Con esa facha recorría la presuntuosa Atenas llevando un candil en su mano a plena luz del día. Cuando los atenienses lo veían llegar, riendo, se decían: Parece que Diógenes se ha quedado a oscuras. Él simplemente respondía: Busco al hombre. A un hombre virtuoso y honesto, claro.

Dormía en la calle, donde también se lavaba, defecaba o se masturbaba. Polemizó con los platónicos de una manera formidable y cuando escuchó la definición de Platón para hombre, bípedo implume, Diógenes cogió un pollo, lo desplumó y arrojándolo a la Academia gritó: Ahí tenéis a vuestro hombre.

Se dice que, ya mayor, Alejandro Magno fue a visitarlo. Pídeme lo que quieras, le dijo el dueño del mundo. La respuesta del viejo cínico no defraudó a los curiosos: Apártate, que no me dejas tomar el sol. No un sol, sino un meteoro que brilla con luz propia, radiante y solitario, ese fue Diógenes, y esa será por siempre su memoria. Descanse en paz, maestro.

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2 comentarios

  1. jhair dice:

    quien escribo esto?

  2. GAMECH dice:

    SUELE PASAR UN OLVIDO… ESCRIBIOLO EL HOMBRE QUE ARROJO DIONISIO A LOS PLATONICOS…

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