¿Qué es un lobby?

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Wolfgang Wodard es presidente de la comisión de salud del Consejo de Europa. Hace un par de días responsabilizó a las farmacéuticas de la psicosis social generada por la gripe A. Los gobiernos europeos tienen hoy una despensa millonaria de vacunas contra el virus y el único consuelo que les queda es malvenderlas a otros países. Miserias humanas…

Éste es un ejemplo paradigmático de la acción de un lobby muy, muy potente. Las farmacéuticas extienden sus tentáculos por las instituciones u organismos del ramo. Sobre todo, poseen contactos en los distintos niveles de la Organización Mundial de la Salud. Fue precisamente la OMS quien lanzó el aviso apocalíptico de la enésima plaga en forma de nuevo virus de la gripe. Luego, los medios de reproducción de (siempre las mismas) noticias hicieron el resto.

¿Qué es un lobby? En principio nada más (y nada menos) que un grupo u organización que ejerce presión sobre los poderes públicos (ejecutivo y legislativo) para favorecer unos intereses muy determinados. Su nombre deriva del inglés lobby (vestíbulo, pasillo) porque era en los pasillos del parlamento inglés donde esos grupos se ponían en contacto con diputados y senadores.

Por lo tanto, los lobbies parecen ir contra la misma noción de interés general o bien común que definía a la política en los tiempos de Aristóteles. Ahora, nuestra sociedad es bastante más compleja que la inherente a la polis griega. Un ciudadano de a pie puede preguntarse, sensatamente, por la legitimidad de la actuación de tales grupos. Pero antes de resolver esa cuestión, un matiz.

Al decir lobby nos imaginamos potentes grupos de influencia que a su vez trabajan para las multinacionales más formidables, aquellas que llegan a mover capitales superiores a los recursos de los propios estados y que, en definitiva, gobiernan el planeta desde la sombra.  Sin embargo, diariamente hay presiones en los centros de poder público (parlamento, ministerios, subsecretarías…) que también remiten a empresas pequeñas o a negocios familiares (por no hablar de otras instancias ‘clásicas’: ¿cámaras de comercio, confederaciones empresariales, incluso sindicatos…no son también lobbies?) que no tienen nada de conspiranoides.

Traigamos a colación la destornillante película de El milagro de P. Tinto. Los P.Tinto tenían una empresa familiar (con un gerente y un solo «trabajador», por llamarlo de algún modo), aunque automática (eso sí), de fabricación de obleas que surtía directamente al Vaticano, de generación en generación. Pero la pela es la pela: la Iglesia les informa en una carta que, por falta de presupuesto, debe buscar un proveedor más barato.

Si el bueno de P.Tinto (inolvidable Luis Ciges) hubiese tenido más luces, habría recurrido a un bufete de abogados especialistas en lobbying. La cosa se resolvería en un periquete. Este ejemplo es un poco tramposo: el Vaticano es un estado, pero no democrático. No tiene una cámara elegida por sufragio universal, etc, etc. Pero nos sirve para evitar dar nombres. Hechos como estos suceden habitualmente en Bruselas (a la hora de hacer tal o cual ley que perjudicaría a los fabricantes de coches, o los de juguetes, o los de armas, o a los de libros…). Lo relevante es el hecho de que no son sólo las grandes corporaciones las que defienden lo suyo.

Entonces, ¿son legítimos los lobbies? ¿Acaso no desvirtúan lo que debe representar una cámara legislativa o un poder ejecutivo en una democracia? ¿Acaso no tuercen la voluntad general expresada en las urnas? Quizá, si evitamos caer en una idealización de lo que es un régimen democrático, el problema sea la falta de transparencia.

En EEUU la Lobbying Act regula la actividad lobysta, de manera que todo ciudadano puede saber quién es quién y qué hace cada uno de esos quiénes en el turbio mundo de poderes e influencias. Nos guste o no, al menos (en teoría) uno sabe a qué atenerse. ¿Y Europa? ¿Sabemos realmente quienes manejan los hilos últimos de muchas de las decisiones que se toman en Bruselas o Estrasburgo (Parlamento Europeo), o en Madrid (Parlamento Español), o en Compostela (Parlamentiño)?

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