La práctica universal del suicidio

Cuadro de Manet

«No hay más que un problema auténticamente filosófico: el suicidio». Así comenzaba, si no recordamos mal (citamos de memoria), el primer capítulo de El mito de Sísifo, obra de Albert Camus, escritor de quien, por cierto, se conmemora este año la efeméride (hace 50 años que murió).

Pero Camus, se dirá, escribía desde la ola del existencialismo, que conoció un éxito rotundo en los años 40 y 50 haciendo de la filosofía terreno abonado para el best-seller, y el existencialismo siempre estaba dando vueltas a la noria del sentido de la vida, el absurdo, y cosas del estilo.

Empero, el tema del suicidio no es una invención de los filósofos existencialistas. Su historia y sus, digamos, concomitancias, se prestan a estudiarlos desde una óptica curiosa, si es que somos capaces de obviar ciertos temblores casi traumáticos (en el fondo, muchos de nosotros ¿acaso no conocemos de primera, de segunda o de tercera mano casos de suicidio? Pero por eso mismo, en nuestra modesta opinión, el asunto no debiera convertirse en tabú).

El suicidio es un fenómeno universal, transcultural, y conocido desde antiguo. Asombra, sin embargo, que la mayoría de las religiones (aunque ninguna con la sádica perversidad del cristianismo, que primero fija el mundo como sufriente valle de lágrimas y, acto seguido, amenaza con los rigores eternos del infierno a quien decida salirse de ese valle voluntariamente: o sea, establece un control total sobre las almas y los cuerpos) y casi todas las legislaciones habidas y por haber lo consideren un pecado, las primeras, y un delito, las segundas (aunque, ¿qué clase de delito es aquel que no puede ser punible, por motivos obvios, al menos no en la persona que en última instancia es la responsable (el suicida)?

El tema del suicidio fue tratado de forma natural por el epicureísmo y por el estoicismo, cada uno a su manera. El primero, se basaba en la notable idea de no prolongar sufrimientos irremediables innecesariamente.

El fundador de la escuela, Epicuro, fue un digno ejemplo de cómo el epicureísmo no era una filosofía de blandengues y viciosos, sino todo lo contrario, aportando una praxis vital en la que la muerte pierde toda su angustiosa trascendencia. El estoicismo fue todavía más lejos: llegó a ver, en determinadas situaciones, el suicidio como una virtud.

La lista de suicidas de la Antigüedad es extensa: desde una Safo hasta un Séneca o desde un Empédocles hasta un Escipión, desde un Demóstenes hasta un Lucrecio. Por amor, por vergüenza, porque o lo hacía nuestro puñal o la espada del emperador, los motivos eran diversos. En el fondo, sin embargo, compartían un pálpito común: el de disponer libremente de la propia vida.

Porque nadie escoge vivir, a nadie le consultan para arrojarlo a la vida. La vida nos es dada, que diría Ortega, pero no nos es dada hecha. Y aquí radica el problema. Somos libres (en principio) para hacer de nuestra vida lo que queramos (o que nos dejen), incluso para dejar de existir.

Los primeros nihilistas también se sentían fascinados por el tema del suicidio. Léanse algunas obras de los clásicos rusos (Dostoyesvki…). Pero todavía lo hacían desde las coordenadas del ateísmo. Es decir, entendían el suicidio como un desafío al mismo Dios: suicidarse sería el acto de absoluta libertad y, por lo tanto, de absoluta humanidad.

Ahora bien, en un mundo en el que la muerte de Dios es un hecho, en el que cortarse las venas ya no se entiende como la consumación estética de una filosofía de la vida, sino como el último recurso de la desesperación, ¿no aterra el escandaloso número de muertes buscadas, sobre todo en jóvenes? Un dato escalofriante: cada cinco segundos alguien se quita la vida voluntariamente.

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