¿Cuándo se extinguió el dodo?

El dodo era una ave columbiforme, de unos 70 centímetros de altura, de cuerpo grueso, con cabeza grande y pico fuerte, notablemente curvado en la punta. Tenía alas cortas, incapaces de desafiar la gravedad, pero patas firmes y robustas de cuatro dedos. El dodo común vivía en la isla de Mauricio. Su plumaje era del color de la ceniza en la cabeza y en el dorso, tirando a blanco en pecho y cola, decididamente amarillo en las inútiles alas. El dodo blanco, por su parte, habitaba la vecina isla de Reunión. Ambos sufrieron un destino dramático. Lo curioso del dodo es que en su historia hay algo profundamente conmovedor, que ha traspasado los límites de la mera anécdota de una extinción para convertirse en una especie de símbolo. No de otra manera se entendería esa seducción que su figura, ya irrecuperable, ha venido provocando en el imaginario colectivo.

¿Quién en mayor o menor medida, al conocer su historia, no ha sentido una corriente de simpatía por ese pájaro tonto, incapaz de responder al mayor reto que afrontan todas las especies de animales salvajes, esto es, al contacto con el hombre? Parece probable que los dodos hubiesen llegado volando a las islas, cuando todavía no eran dodos sino, casi con total seguridad, palomas. Lentamente, aprovechando la ausencia de predadores naturales, se habrían transformado en aves terrestres, más voluminosas y pesadas.

Tal resultado evolutivo fue durante mucho tiempo un éxito. Los dodos se alimentaban de frutos y semillas esparcidos a ras de suelo o a una escasa altura de centímetros. ¿Para qué volar? Utilizando un lenguaje de epístola moral, diríamos que se volvieron perezoso y torpes porque, así lo creían, el paraíso estaba a su disposición.

Hasta la llegada del hombre, claro, tan propenso a convertir paraísos en apocalipsis. Así, en 1505 el portugués Pedro de Mascarenhas descubría Mauricio; luego, a finales de siglo los holandeses colonizaron la isla. Por fin, hombres y dodos se hubieron de contemplar, frente a frente, con asombro y perplejidad los primeros, sin miedo e inconscientes de lo que se les venía encima, los segundos.

Fueron cazados con suma facilidad. Sin embargo, lo cierto es que su carne no era muy del agrado de los hombres llegados a la isla. La transformación ecológica de la isla por los colonizadores tuvo si cabe efectos más funestos para el dodo. Los bosques fueron talados y se desarrollaron los cultivos. Añádase la introducción de nuevos depredadores (perros, gatos…), amén de aves nunca vistas en aquellas islas, que competían directamente con ellos, para que el dodo sucumbiese en una guerra que tenía perdida desde el primer momento.

El dodo común se extinguió en la década de 1660, o tal vez un poco más tarde (hay testimonios contradictorios). En cualquier caso, menos de un siglo después del establecimiento de colonias humanas. Mientras, la agonía de la especie de Reunión duró un poco más: el último ejemplar desapareció en 1761.

Hoy apenas conservamos del dodo dos cabezas, dos patas y decenas de nostálgicos dibujos donde se intuye lo maravilloso y estrambótico que resultaba esta oronda paloma que primero abandonó el cielo y después fue expulsada de la Tierra.

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6 comentarios

  1. Ma. Eugenia dice:

    Muy buen artículo.

  2. LULU dice:

    me encantó la imagen y toda la información que ponen!!!.no puse mi verdadero nombre ni mi verdadero mail por que no quiero que lo sepan!! es eso nomas peroo mee encantoo la informacionn kee dan!!! :D graX T.K.M!

  3. souto alves dice:

    Vaya, pues muchas y sinceras gracias se llame usted como se llame,
    señorita (o señora, o dama, o como debamos referirnos a su persona…)

  4. anthony castellanos dice:

    la verdad es que es triste q tan maravilloso animal se aya ex tinguido los seres humanos devemos cuidar alos animales por mas feos q sean

  5. LULU dice:

    deberias buscar mas¡ ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

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