Invención del telescopio y desarrollo histórico

Galileo con el telescopio ante el Papa

¿Quién inventó el telescopio? No está claro. Curiosamente, sin embargo, en historia de la ciencia hay otra pregunta mucho más decisiva que la anterior: ¿quién se atrevió a sacarle todo su partido? Es decir, ¿quién supo apuntar con el aparetejo hacia los cielos interpretando sus imágenes como realia y no como meras ilusiones ?

El asunto no fue ni mucho menos baladí, como veremos. Aunque el nombre de Galileo aparece muy pronto asociado al del telescopio una cosa es segura: la idea original venía de atrás, como el propio Galileo reconoce en sus cartas.

Galileo señala que inventó el suyo cuando tuvo noticia de que un flamenco, Hans Lipperhey, intentaba vender, en 1608, un artilugio mediante el cual se conseguía ver las cosas lejanas como si estuviesen próximas. Pero tampoco parece que a Lipperhey quepa el honor de haber sido el primero en esta historia.

La invención del catalejo rondaba las cabezas de ilustres hombres desde finales del XVI. Zacharias Janson diseñó un instrumento óptico similar al catalejo unos años antes que Lipperhey y, en todo caso, parece que la inspiración le llegó del norte de Italia. De hecho, ya en 1589 Giambattista Porta tenía los conocimientos para fabricarse uno.

En realidad, esta polémica poco nos importa. La cuestión es: ¿en qué momento el catalejo o telescopio dejó de estar en el centro de una disputa sobre patentes y se convirtió en uno de los instrumentos esenciales para el triunfo definitivo de la revolución copernicana? La respuesta: en el momento que apareció Galileo.

Galileo mismo, al principio, cuando solamente reacciona ante la noticia de ese asombroso invento, lo único que tiene en mente es ofrecerle un artilugio similar, aunque mejorado si pudiera ser, a la República de Venecia, con el fin de obtener un contrato vitalicio y un aumento de sueldo.

Tal objetivo acaso nos parezca mezquino si nos hemos acostumbrado a esa retórica de la revolución científica como la lucha (a vida o muerte) entre los pioneros de la nueva ciencia y las mentes retrógradas del escolasticismo. No decimos que en parte no haya sido así. Ahora, la cuestión de la subsistencia era y es algo fundamental. Y Galileo, al menos durante sus primera décadas de vida, vive en un continuo frenesí por mejorar sus condiciones económicas.

En ese contexto, la primera aplicación que Galileo tiene en mente para el telescopio es militar. Ya se sabe que la industria de la guerra mueve mucho dinero: ahí parece haber una gran oportunidad de hacer negocio. Hasta que algunos meses después de haberse fabricado un catalejo, el genio italiano tiene la ocurrencia de enfocar al cielo. Ese gesto tendría consecuencias revolucionarias.

¡Pero cuántos prejuicios habría de vencer! El 7 de enero de 1610 Galileo escribe una carta a Antonio de Médici donde afirma haber contemplado tres estrellas fijas en derredor de Júpiter. Pues ¿qué es lo que vio, sino tres puntitos brillantes hasta entonces nunca observados por ningún astrónomo y que interpreta como estrellas? Solamente días después irá comprendiendo que no se trataba de estrellas sino de astros que parecían girar en torno a Júpiter: satélites.

Galileo tuvo que aprender solito a descifrar los datos del telescopio. Se atrevió a hacerlo. Muchos de sus contemporáneos, en cambio, nunca dieron ese paso. Aquí reside el elemento curioso de esta historia, vista desde nuestra época. Si Galileo descubrió además que el relieve lunar era irregular y que el sol presentaba manchas, lo que suponía refutar la cosmología aristotélica, tales hechos no siempre pudieron utilizarse en el argumentario.

¿Por qué? Porque la mayoría de los sabios del momento optaron por reaccionar de dos maneras. Una, la de los que creyeron que lo se veía por aquel tubo eran ilusiones creadas por las lentes del propio telescopio. Dos, la de quienes se negaron categóricamente a mirar por el catalejo. Cabría añadir una tercera: la de los que mirando, no vieron nada, ni siquiera ilusiones.

Perplejidad acaso nos provoque la segunda: ¿negarse a poner el ojo en el tubo? ¿Hay actitud más reaccionaria? Bueno, hay que ser cautos. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros? El telescopio no dejaba de representar una especie de revolución tecnológica. Las almas piadosas quizá se sintieron amedrentadas. Ahora, tampoco convirtamos a los zoquetes que se negaron a mirar por el telescopio en los héroes científicos de su tiempo, como a veces pretenden ciertos historiadores de la ciencia que elogian su ecuanimidad. No han sido ecuánimes lo que ha faltado a lo largo de los siglos, sino Galileos.

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1 comentario

  1. anna dice:

    muy buena informacion

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