Yuste, legado histórico extremeño

monasterio-de-yuste

Extremadura, tierra de conquistadores. Así lo he oído siempre y así la conocemos muchos a aquella tierra extremeña. Sí, fue y es tierra histórica porque de allí salieron grandes personajes históricos íntimamente ligados con aquella época de descubrimientos de nuevas tierras y en la que Castilla era centro de un vasto imperio. De Extremadura surgieron figuras como Hernán Cortés, nacido en Medellín, en Badajoz; como la de Francisco Pizarro, de Trujillo; como la de Vasco Núñez de Balboa, de Jerez de los Caballeros o Pedro de Valdivia de Villanueva de la Serena.

Pero Extremadura también fue la tierra, no de nacimiento, sino del reposo final del más grande emperador que ha tenido Castilla: Carlos I de España y V de Alemania. Él, tan alemán como siempre se sintió, decidió que sus últimos meses de su vida quería pasarlos en el Monasterio de Yuste. Una vida repleta de aventuras, de continuas batallas y grandes enfrentamientos por toda Europa que finalmente habría de acabar en la extremeña comarca de la Vera, cerca del pueblo de Cuacos de Yuste.

¿Por qué? ¿qué tiene esta tierra extremeña capaz de atraer de ese modo un espíritu aguerrido como era el del emperador Carlos? sólo tenéis que visitarla para saberlo. Tranquilidad, serenidad, paz. Lo importante, en aquellos últimos momentos de su vida, no fue lo que hizo años atrás; probablemente, para él, era hacer lo que realmente le hiciera sentirse feliz; sentirse apreciado por lo que era: alguien que simplemente buscaba en aquel retiro el descanso del guerrero. Quizás eso forme parte del sentirse extremeño aunque sólo lo fuera en aquellos años finales.

«Nueve veces fui a Alemania la Alta, seis a España, siete en Italia, diez he venido aquí a Flandes, cuatro he entrado en Francia, dos en Inglaterra y otras dos fui contra África», dijo en el aula magna del palacio de Coudenberg en Bruselas durante su abdicación pública. Y así, con tanto viaje, todos se sorprendieron de que su lugar de descanso escogido fuera Yuste.

El 28 de septiembre del año 1556, Carlos llegaría a Laredo desde donde se dirigiría a Extremadura. En casi dos años de vivencias en Yuste tuvo tiempo de vivir sus placeres más mundanos: comer y beber en gran cantidad (dicen que sufría de adefagia -no poder parar de comer- y de hecho de todos sus antiguos reinos continuamente llegaban las más variadas comidas al Monasterio, e incluso del cercano Monasterio de Guadalupe cada semana le hacían llegar un carnero cebado, que acompañaba de abundante fruta, de repostería y de mucha cerveza que mitigaba con un pedazo de oro en cada jarra).

Allí, en Yuste, pasaba horas dedicadas a su secreta afición por los relojes de los que tenía una gran colección. Allí se hizo acompañar de sus protecciones mágicas: una piedra filosofal, un pedazo de cuerno de unicornio, una piedra azul para su gota o numerosos brazaletes con huesos. Allí pasó sus últimas horas contemplando el sobrebio cuadro de Tiziano «La Gloria» donde él mismo aparecía retratado, junto a su fallecida esposa Isabel y sus hijos, arrodillados esperando la hora del Juicio Final ante la Trinidad…

Fue su forma de vivir y sentir aquella tierra. Extremadura es tierra de conquistadores, sí, pero también tierra de reposo, donde poderte perder del día a día, de los nervios, de la ansiedad, de la rutina; donde lo más importante no es hacer cosas importantes sino, simplemente, ser feliz. Extremadura es sociedad equilibrada. Eso es lo que nos ofrece: equilibrio.

Print Friendly, PDF & Email





Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Top