La importancia del lenguaje corporal

El lenguaje hablado está considerado como la principal forma de intercambio de información entre personas, aparte de una de las cosas que nos definen como humanos, pero la verdad es que no es así. De hecho, apenas un 7 u 8% de la información recibida lo es a través de las palabras. El resto lo enviamos y recibimos por medio de gestos, posturas e incluso el tono de la voz. Esto se debe a que el lenguaje hablado es algo reciente (antropologicamente hablando), y la comunicación por gestos y olores (feromonas) nos ha acompañado durante  nuestro largo camino evolutivo, razón por la cual es tan importante y compleja, aun hoy en día.

Desviar la mirada al contestar una pregunta puede significar mentira o inseguridad, cruzarse de brazos puede ser tanto coquetería como una postura defensiva o incluso mostrar las palmas de las manos o tocarse el pelo pueden ser señales de galanteo; son gestos que, a ojos de alguien bien entrenado, pueden convertirse en una fuente de abundante información. Este trabajo se efectúa de manera inconsciente y lleva mucho tiempo y dedicación el poder interpretar, al menos de manera fiel, lo que se esconde tras las palabras.

También conviene aclarar que no hay un “diccionario de gestos” y cada cultura da su propio significado a los suyos. Incluso los movimientos y comportamientos definidos como masculino y femenino son completamente aprendidos, reforzados de forma positiva si son correctos o reprendidos si no responden a los cánones de la sociedad en la que vivan.

Los estudios sobre el lenguaje corporal y la PNL (Programación Neuro-Lingüística) nos hablan de un amplio abanico de matices, algunos muy sutiles, que nos dan pistas sobre las intenciones y sentimientos de nuestro interlocutor.

Hoy en día, debido al auge de los medios de comunicación visuales, se da mucha importancia al lenguaje corporal en el terreno de la política (y resulta imprescindible en el cine). De hecho, políticos y gente de la televisión, son iniciados y entrenados en este terreno.

Una figura pública no puede transmitir debilidad o duda si pretende llegar lejos. Un sondeo tras el primer debate televisado entre Richard Nixon y John F. Kennedy, el público que lo escuchó por la radio (y sólo recibió las palabras) afirmó estar a favor de Nixon, mientras que para quienes lo vieron televisado Kennedy se convirtió en el favorito. En este caso, Nixon había salido hacía poco del hospital y al llegar al estudio no quiso que le maquillasen, mientras que Kennedy rebosaba vitalidad. Es sólo un pequeño ejemplo de lo determinante que puede ser la imagen, no en vano se dice que “una imagen vale más que mil palabras”.

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