
Se cuenta que en el año 1248 llegó a la ciudad alemana de Hamelin un extraño personaje, llamado Bunting. Su oficio era el de flautista, y se ofreció a los habitantes del lugar para acabar con una plaga de ratas que estaba perjudicando seriamente al pueblo y sus cosechas. Pero no lo haría gratis, sino a cambio de 1000 florines. El alcalde aceptó el trato.
Y dio comienzo el milagro. Bunting recorrió las calles de Hamelin tocando la flauta. Al ritmo de una melodía hipnótica, las ratas iban saliendo de todos los rincones y seguían los pasos del músico. Una multitudinaria comitiva de roedores, encabezada por Bunting, llegó a la orilla del río Weser. Allí perecieron ahogadas todas las ratas.
Pero la gente del pueblo no quiso cumplir con su parte del contrato, y el flautista no cobró por sus servicios.
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Estamos acostumbrados a escuchar la palabra seguridad en relación con casi cualquier cosa: cierres de seguridad, cinturones de seguridad, puertas y llaves, claves y contraseñas, cámaras y hasta mecheros (bastante incómodos de usar por cierto). Pero ¿Sabían que, hasta que la ciencia médica avanzó lo suficiente como para certificar muertes sin posibilidad de error, existían ataúdes de seguridad?
Hasta hace apenas 100 años, uno de los peores temores a los que se enfrentaba la gente era la posibilidad de ser enterrado vivo, ya fuera debido a estados de coma o de catalepsia y a la incapacidad de los médicos de la época de hacer un diagnóstico certero.
El famoso escritor Edgard Allan Poe (1809-1849) ayudaría a extender este temor con su relato “El entierro prematuro”, publicado en 1844. En dicho relato, el protagonista nos cuenta sus temores de ser enterrado de forma prematura, consciente de sufrir desvanecimientos que le sumen en un estado de catalepsia, muy parecido a la muerte (respiración mínima y una actividad cardíaca muy leve).
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En 1970, una mujer llamada Claire Sylvia que padecía graves problemas de salud, fue sometida a un trasplante de corazón y otro de pulmón. Su donante era un joven de apenas dieciocho años, fallecido en accidente de moto.
Poco después comenzaron a gustarle cosas que antes detestaba, sobre todo a nivel de comida. También tenía recuerdos que no reconocía como suyos. Curiosamente, había adquirido los mismos gustos, e incluso visiones de la vida pasada, del muchacho que le había salvado la vida dándole sus órganos. Esta experiencia la marcó tanto que acabó plasmándola en un libro llamado “A change of Heart“, sobre el cual se basó un film para televisión.
En esta serie de hechos, que no son tan extraños como cabría esperar, se basa la teoría de la memoria celular. Esta argumenta que todas y cada una de las células de nuestro cuerpo albergan información de nuestra personalidad, tanto en lo que se refiere a gustos, preferencias, como a sucesos de nuestra vida. Aunque este misterioso fenómeno aparece más en los casos de trasplantes de corazón, puede darse también en pacientes con otros órganos trasplantados.
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Aún se me ponen los pelos de punta cuando me acuerdo de aquella noticia que vi en televisión. Óscar, un gato que convivía con los ancianos en una residencia de Nueva Inglaterra, parecía tener un sexto sentido que le permitía averiguar qué pacientes iban a morir en un tiempo breve. La técnica del felino era pasearse por las habitaciones, y en aquella donde se paraba, el ocupante moría en cuestión de horas. Como era de esperar, la presencia de Óscar no siempre era bien recibida…
¿Que cómo lo hacía? Los expertos en Etología (ciencia que estudia el comportamiento animal), han ofrecido multitud de explicaciones y en lo que coinciden todos es que tiene que ver con algún tipo de olor característico que desprenden los pacientes terminales o muy enfermos, y que sólo puede ser detectado por el fino olfato animal. De hecho, los gatos y felinos en general son capaces de detectar la presencia de enfermedad tanto en humanos como en compañeros de especie.
Por ejemplo, recordemos aquella otra noticia en al que un gato atendía a otro que yacía en el suelo, enfermo y moribundo, en un aparcamiento turco. Gracias al comportamiento del animal, una mujer se dio cuenta y llevó al gato enfermo al veterinario, lo que le salvó la vida.
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La reencarnación es la creencia de que cuando alguien muere, su alma o una parte de uno mismo, renace en otro cuerpo. A veces no tiene porque ser un cuerpo humano, también se puede reencarnar uno en un animal o insecto, o cualquier otro ser vivo. Esto implica que ya hemos vivido otras vidas antes y que seguiremos viviendo varias vidas más en el futuro.
La idea de la reencarnación es aceptada por millones de personas en el mundo, la mayoría de ellas Hinduístas y Budistas. Pero en la cultura occidental, puramente monoteísta, la convicción de una sola alma y una sola vida no deja lugar a esta hipótesis. Aún así, investigadores como el ya fallecido Doctor Ian Stevenson, famoso y reconocido psiquiatra, dedicó gran parte de su vida a estudiar la reencarnación.
Sus investigaciones se centraron principalmente en niños, de edades comprendidas entre los dos y cinco años, los cuales padecían fobias difíciles de explicar y manifestaban recuerdos vívidos y detallados de lo que parecían ser vidas pasadas. Stevenson creía que estas experiencias podían ayudar a tratar algunos trastornos de la personalidad como las fobias y la disforia.
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Seguro que más de una vez habréis oído hablar del “efecto placebo“. Pues bien, en este artículo os explicaremos en qué consiste y alguna que otra cosa más.
El efecto placebo es, básicamente, una reacción psicológica. Sucede cuando alguien toma una medicación totalmente inocua y sin efecto terapéutico probado, y ésta afecta a su estado físico proporcionándole bienestar. El placebo estimula, de alguna forma, una respuesta psicológica positiva en la persona. Es decir, si creemos firmemente que una inocente pastilla nos quitará el dolor de cabeza, así lo hará (aunque se trate de un caramelo de menta).
Recientemente se ha probado que el efecto placebo no sólo actúa a nivel psicológico, sino también físico. Concretamente, los receptores de endorfinas y las áreas relacionadas con el dolor, se alteran con el placebo. El hecho de esperar que una molestia desaparezca activa este sistema, favoreciendo que trabaje a “nuestro favor”, segregando endorfinas y mejorando la sintomatología.
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Decía el editor, periodista, humorista y creador de célebres aforismos Leo Longanesi que un cretino es un cretino, dos cretinos son dos cretinos, diez mil cretinos son una fuerza histórica.
No sé por qué nos acordamos ahora, al escribir un post sobre leyes absurdas, de esta cita. Se supone que el legislar (hacer y aprobar leyes) depende de una razón práctica, que por lo tanto representa una especie de arte racional y que, en suma, la legislación (conjunto o sistema de leyes) no es sino una ciencia. O al menos lo intenta.
El problema es cuando nos topamos con casos como los recogidos, con algarabía mundial, por The Times hace algunos años: normas obsoletas que nadie con dos dedos de frente pudiera haber imaginado estuviesen vigentes. Nosotros recordamos aquí algunas leyes de aquella lista, añadiendo otras no menos inexplicables. Por supuesto, los EEUU se llevan la palma en este asunto.
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Las estadísticas dicen que pasamos 1/3 de nuestra vida durmiendo. En concreto 56 horas a la semana, 240 al mes, 2920 al año… ¡vamos, un nada despreciable período de tiempo!. Si durante todo este tiempo no trabajamos, ni ganamos dinero, ni somos productivos, ni nos procreamos, ni cuidamos de los nuestros ni de nosotros mismos, ni hacemos nada útil… ¿Para qué nos sirve dormir? ¿Cuál es el propósito del sueño?.
Nuestro cerebro, ese gran desconocido (para algunos mucho más que para otros…), tiene la clave de la importancia del sueño. Y aunque los científicos se muestran optimistas, lo cierto es que, a día de hoy, ninguno ha podido explicar de manera clara y contundente por qué dormimos.
En 1953 se descubrió la fase REM del sueño. Sus siglas significan “rapid eye movement“. En español se conoce como MOR (movimientos oculares rápidos). Fue entonces cuando la ciencia se dio cuenta de que el sueño no era una simple “desconexión” temporal del cerebro, sino un proceso organizado y activo con una base fisiológica.
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Un curioso estudio realizado por la Universidad de Colonia, en Alemania, ha demostrado (al menos eso afirman), que cuando se asocia la buena suerte a determinados objetos o acciones, el nivel de confianza de la persona aumenta, con lo que ello supone de positivo a la hora de conseguir sus propósitos.
Supersticiones y ritos para atraer la buena fortuna, y espantar la mala, los podemos encontrar a lo largo y ancho del globo, y a través de todos los tiempos. Y, a la vista de los resultados de estos intrépidos investigadores alemanes, resulta ser que tienen base científica, aunque sea sostenida por algo tan poco científico como la fe.
Pero no hay misterio alguno. La explicación es simple. Cuando nos encontramos ante situaciones estresantes, sobre todo de carácter competitivo, y recurrimos a “trucos” tales como llevar una piedra en el bolsillo, peinarnos de un modo determinado, vestir de una forma concreta o comprar determinados amuletos, creyendo que nos dará suerte (a base de espantar la mala), en realidad estas acciones lo que provocan es un aumento de la confianza en uno mismo. No importa que el “amuleto” o el “ritual” no tenga nada que ver con lo que se quiere conseguir o atraer.
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Himen es una palabra que refiere una cosa física, como tantas otras (no todas) palabras del diccionario. Así: dedo, río, piedra, silla, nube…sin embargo, a diferencia de estos vocablos, durante mucho tiempo la palabra himen ha servido para levantar poderosas creencias en torno a un sustantivo abstracto, a una noción apenas aprehensible, a un concepto difícil de explicar: el de virginidad.
¿Qué es y para qué sirve el himen? Esta pregunta se responde a continuación. Pero, al mismo tiempo (y de ahí la introducción), el siguiente post intenta también dilucidar un poco la cuestión, bastante estupefaciente (y curiosa) si se piensa sin prejuicios, de la problemática fascinación (en un juego de deseo y represión) que nuestra cultura judeocristiana (y aun otras) muestra desde hace siglos respecto a la cosa esa de la virginidad (por supuesto, femenina).
¿Qué es el himen? Dejemos hablar a la clásica e insuperada enciclopedia Larousse en su edición española de hace 40 años: “Himen es una fina membrana conjuntiva, bien vascularizada, revestida de epitelio mucoso y que ocluye parcialmente la entrada de la vagina”. Primorosa definición.
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