
Nos entretenemos con sus historias, fruto de su imaginación, pero muy pocas veces nos preocupamos por la personalidad de aquellos que traducen su talento en palabras y que plasman sus pensamientos e inquietudes en libros.
Por ejemplo, mucha gente ignora que detrás del pseudónimo de Sydney Porter se esconde O,Henry, un hombre que comenzó a escribir cuentos en prisión donde estaba cumpliendo una pena de tres años por malversación de fondos públicos. Con la libertad le llegó la fama gracias a sus 300 relatos de sorprendente final.
“Madame Bovary” es la obra maestra de Gustave Flaubert. Recordemos que trata de una historia de amor brutal que versa sobre el adulterio y que fue tachada de pornográfica cuando se publicó en un periódico de 1856. Las Cortes censuraron la obra de este escritor por atentar contra la religión y la moral pública. A pesar de que la novela fue un rotundo éxito, Flaubert afirmó que desearía tener el dinero suficiente como para comprar cada ejemplar, “arrojarlos todos al fuego y no volver a oír hablar del libro jamás”.

La imagen personal es cada vez más importante en la sociedad actual. Los medios de comunicación nos bombardean con cientos de productos destinados a estar más guapos y, con ello, aumentar, supuestamente, nuestra felicidad.
Sin embargo, por más afeites que empleemos, muchas veces se cumple aquello de “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Si hemos nacido con un defecto o deformidad física, difícilmente podremos esconderlo.
A lo largo de la historia ha habido personalidades cuyo carisma han prevalecido por encima de estas deficiencias físicas. Por ejemplo, mucha gente ignora que tanto a Hitler como a Napoleón les faltaba un testículo.
Otros de los personajes históricos que padecieron deformidades médicas fueron:

“Es más fácil conseguir lo que se desea con una sonrisa que con la punta de una espada”, decía Shakespeare. Y es que hay personas con una sonrisa tan amplia, adorable y contagioso (e incluso luminosa) que ya no les hace falta mucho más para ganarse nuestras atenciones.
Hasta hace muy poco, se creía que las expresiones faciales de tristeza, enfado o alegría eran universales. Sin embargo, recientes estudios publicados en Proceeding of the National Academics of Science sugieren que es la coyuntura cultural lo que se refleja en nuestro rostro.
Charles Darwin, padre de la teoría de la evolución de las especies, fue el primero en plantear que las expresiones de la cara no tienen el mismo significado en todo el mundo. Así, Darwin trazó un conjunto de seis emociones fundamentales: felicidad, sorpresa, miedo, repugnancia, enfado y tristeza. Sostiene esta hipótesis que, si los gestos relativos a los citados sentimientos se transmiten de padres a hijos, sus significados deberían haber ido mutando con el devenir de los años de tal manera que hoy en día una señal de alegría pudiese significar tristeza en otras culturas.

El ser humano no puede desvincularse de los primates, de los animales de los cuales desciende o, al menos, con los que comparte antepasados.
En varias ocasiones hemos hablado de las habilidades de los monos y chimpancés pero unas recientes investigaciones nos demuestran que sus capacidades pueden ir más allá de lo que nos creemos.
Un grupo de investigadores de la Universidad de Marsella (Francia) ha logrado que un grupo de babuinos reconozca ciertas palabras en inglés con una exactitud pasmosa: así, los resultados arrojados por estos estudios demuestran que el reconocimiento visual de palabras puede aprenderse sin necesidad previa de tener conocimiento alguno sobre el habla.

La película de animación “Up!” ha seducido por igual a crítica y público. Y es que esta cinta, además de presentar muchas cualidades prácticamente inmejorables desde el punto de vista técnico, supone también un soplo de aire fresco, un intento (exitoso) de acercar los “dibujos animados” (que no son tal) al público adulto.
Una de las escenas más populares de este film es el fotograma que muestra el momento en que la casa se eleva por los aires gracias a unos globos de los que cuelga graciosa y grácil. ¿Pura fantasía o podría haber sido realidad?… ¿Sería esto posible fuera de la pantalla?… ¿Cuántos globos serían precisos para elevar la construcción?…
En primer lugar, debemos tener en cuenta las dimensiones y peso de la casa. Tenemos, pues, dos fuerzas, la de la edificación y la que ejercen hacia arriba los globos. Según las enseñanzas de Arquímedes, igualando el peso de la casa con la diferencia entre el peso de los globos y el empuje, podemos calcular el número mínimo de globos necesarios, así como las densidades de helio y aire.

Protagonistas de leyendas, historias, novelas, películas… en torno a la figura del samurai se han ido forjando y consolidando ciertas ideas, algunas más certeras que otras. Valientes como pocos, fuertes cual feroces animales, sagaces como linces… estos guerreros de élite dominaron Japón entre los siglos XII y XIX.
La armadura de los samurai (“yarai”) era su principal seña de identidad. A través de esta compleja vestimenta defensiva, daban muestra de su estatus. Esta vistosa armadura se componía de :
- Un casco reforzado (kabuto), que tenía varias placas de hierro lacado y abundantes ornamentos y afeites varios. Además, presentaba protecciones en la nuca y en la parte de la frente.
- Un escudo de armas, formado por tres pequeñas esferas engarzadas en un fondo de hojuelas. Hacen referencia al escudo de la familia del samurai, emblema que además aparece representado en el casco y en el peto.

A menudo evocamos la tragedia del Titanic como uno de los más grandes desastres ocurridos en alta mar. El hecho de que lo vemos de manera global, como el gran acontecimiento que efectivamente fue, hace que perdamos de vista los detalles más pequeños, que juzgamos injustamente como insignificantes, las historias personales, los gajos de humanidad, los minutos de emociones y tensiones (donde previamente hubo también alegrías) experimentados a bordo del mítico y sonado navío.
Muy poca gente sabe, por ejemplo, que entre los viajeros se encontraba Víctor Peñasco, hijo de Purificación Castellana, una dama de la alta sociedad madrileña, completamente aburguesada, que se hallaba disfrutando de una suculenta cena cuando presintió, que algo le sucedía a su pequeño, un pequeño de 24 años que desapareció aquella noche de abril de 1912.
Cuando la buena señora corrió a consultar la lista de desaparecidos, el nombre de su vástago no aparecía por ningún lado. Y es que, en lugar de Peñasco, las autoridades, entre tanto jaleo, escribieron “Renampo”. Confundida, sin saber si llorar o no lo crónica de aquella muerte anunciada, rechazaba la defunción de Víctor y se aferraba, cual clavo ardiendo, a la postal que su hijo le acababa de enviar desde París.

Niños. En el fondo, tenemos alma de niños. Una parte de nuestra infancia se queda en nosotros, negándose a abandonarnos por muchos años que pasen. Permanece ahí, como un tesoro, aletargada… y de pronto nos sorprende cuando nos descubrimos divirtiéndonos jugando con globos de colores, peleas de almohadas, carreras inocentes…
Por ejemplo, nos fascinamos y sonreímos automáticamente cuando nuestra voz se modifica con el helio. Pero, ¿alguna vez, movidos por ese espíritu inquiero, por esa curiosidad infantil que se apodera de nosotros sin pedir permiso, habéis pensado en cómo sonaría nuestra voz en otro planeta?
Como el ritmo al que avanzan las tecnologías es inexplicablemente vertiginoso, no sería tal locura que, antes de lo que podamos imaginar, nos encontremos reservando un pasaje a Marte, por ejemplo. ¿Qué pasaría allí con nuestra voz? ¿Sería igual que en la Tierra? ¿Sonaría del mismo modo?.

Sin duda alguna, pocas cosas tienen tanta magia como un libro viejo. Hojearlo suavemente, pasando con cuidado las páginas, acariciando y olfateando sus viejas páginas amarillas es un placer sin igual para muchos.
Una página amarilla puede encerrar mil y una historias, puede narrar los sucesos acaecidos a cada una de las personas por cuyas manos pasó ese ejemplar. Este curioso tono amarillento es el encanto de lo viejo, la esencia de lo entrañable pero… ¿a qué se debe que las hojas se tiñan así?… ¿Por qué el papel viejo se vuelve amarillo?
El “misterio” del color amarillo presente en manuscritos, libros y pergaminos se debe, esencialmente, a que la celulosa, uno de los principales componentes del papel, se oxida con mucha facilidad. Y aunque esto es algo que los científicos saben “ille tempore”, hasta ahora se ignoraba en qué parte precisa de esta molécula tenía lugar el cambio de color.

No nos cansaremos de repetir aquello de que “sobre gustos no hay nada escrito”. No nos estamos posicionando ni a favor ni en contra del espectáculo del fútbol que, ya por sí sólo levanta pasiones a la par que gana detractores. Sin embargo, siempre defenderemos el fútbol como deporte, sin más, sin esos afeites que les pone la cultura y mercado que se han creado a su alrededor hasta convertirlo en el parque temático (omnipresente) por excelencia del planeta. Porque si el fútbol es deporte y el deporte es salud, nada malo puede traer.
Visto como actividad física, muchas cosas de pueden decir sobre el balompié… pero muy pocas veces se habla de los efectos hormonales del deporte rey. Y es que, ahí va el bombazo, recientes estudios sostienen que tras jugar un partido de fútbol, los niveles de testosterona pueden incrementarse nada más y nada menos que hasta el 30 por ciento.
En un primer momento, se pensaba que este efecto era único de los países desarrollados y tendría sentido si lo pensamos como parte del merchandising, de los mitos que se le achacan como manida campaña publicitaria. Sin embargo, de las investigaciones publicadas en la revista Proceeding Society B se desprende que podría tratarse de una reacción universal, pues del mismo modo han respondido los miembros del pueblo indígena boliviano Chimané.